ANTETITULO: LOS AGUAMANILES
TÍTULO: Detergente inmoral
RAMÓN BELLO SERRANO
En ocasiones la moral se acorta y hasta pierde memoria y remanece por sí misma y categóricamente para quedarse en su mundo ideal y de pureza, un mundo que sabe poco de nuestra moral pública o de la dolorosa moral de todo un catálogo de víctimas. Algo de esto ha pasado en la película Ocho apellidos vascos, un éxito sin precedentes en la más reciente industria española que, entre otras cosas, se permite minorar y hasta frivolizar con ese torrencial sumario moral que España cargó a espaldas de alguno de esos personajes tan poco divertidos u ocurrentes. Creímos que la penuria de verdades y la unanimidad del error derrotarían al terror. No ha sido así.Los votantes y simpatizantes del terror creen que su discurso es todo menos penoso y no hay unanimidad en la condena –en la que interesa: la condena moral.- Vivimos tiempos que anuncian un fin de ciclo. Tácito dice de Otón: <<aplazó las diversiones, disimuló los vicios y lo arregló todo con arreglo a la dignidad del Imperio>>, pero las falsas virtudes llevaban inscritas el previsible retorno de sus defectos. No estamos hechos a la severidad excesiva, pero el problema moral de esta película es su frivolidad y su proyección lúdica –divertida y que pretende complicidad (y la consigue) con el espectador.- La moral, de principio, no es ajena a la diversión –en este caso sí- y ocurre que el cansancio –primero- y el aburrimiento –después- condenan a las víctimas a la cesión y los perdones, pero no deben (no debemos) arrancarles su categórica e indiscutible verdad moral, además de ser su reconocimiento perpetuo –y visible: ese reconocimiento empequeñece, todos los días, a los apellidos conniventes del terror.- Cuando se aceptan estas cosas (el éxito y la risa) la cultura es ya decadente: las falsas virtudes –ya está dicho- llevan inscritas el retorno de sus defectos y la confesión pública de los millones de españoles frente al terrorismo, ha pasado de ser una forma sumaria de terapia, al aburrimiento y la futilidad. En realidad se pierde la perspectiva y el “punto de fuga”, como convergencia moral, se pretende verlo de manera tuerta (con uno sólo de los ojos) algo que es imposible, y por ello la supuesta normalidad del País Vasco convive en cierto deshonor –el honor implica, lealtad, honradez y valor- que es la capitular con la que las víctimas inician su reivindicación permanente a sus gobernantes y a la sociedad. Digo reivindicar y creo decirlo bien. Pues las víctimas ganaron, previa vindicación, y hoy reivindican aquello que ganaron (su moral categórica y superior frente al mal que se disfraza de razón política) y que parece ya cansancio, hasta que arma un discurso falaz y torcido que hoy se llama Ocho apellidos vascos. La gente más joven y que no vivió los años de plomo tiene derecho a reivindicar (y reivindicarse) el largo y durísimo camino que transitaron (y transitan) los deudos de los muertos, los lesionados, los discriminados y apartados, quizá, la reivindicación, como una obligación moral. El mal no se acaba con una película. Prefiero la peor propaganda a la comedia. En aquellos años –los de plomo- las víctimas ganaron algo importante: la victoria de la conciencia moral sobre la tentación de caer en la autocompasión. De la autocompasión a la comedia hay un trecho que gana el injuriado que se compadece: la víctima ha de reírse de los años del terror –la ETA aparece en comedia-, de su lucha moral y capitular. En realidad toda la película parece ser como un detergente (inmoral) presto a la limpieza (un transitar político en avenidas ahora limpias) y que olvida, dolosamente, la superior moral de los casi mil muertos que hoy son, de manera ligera y frívola, protagonistas de una comedia de éxito. Ciertos espectadores, quizá por desconocimiento, tienen la pinta que tienen otros: sisadores a sueldo que cobran el impuesto de siempre. El impuesto revolucionario.