ANTÉTITULO: PERFILES
TÍTULO
: Tania Sánchez
RAMON
BELLO SERRANO
Un
humilde acogimiento a lo que ya está bellamente codificado (el idioma y el
estilete literario, tal y como lo viera Francisco Umbral) parecía desprenderse
de los discursos políticos y en el foro, entonces tan eficaces de Tania
Sánchez, la novia de Pablo Iglesias Turrión, en la asamblea de Madrid, de esta nueva “rusa”
de la transición porvenirista, su lenguaje de manos es inquisitivo, está más
delgada, ironiza hoy ya muy poco y le está saliendo el cuerno del rinoceronte
de Ionesco partiendo a pico su melenita -sólo que la transición que pretende Podemos, es una mezcla antigua
del subcomandante Marcos, bañada en cinto populachero y con una bomba bajo el
brazo, hecha una ofrenda de cascotes el día que atacaron a la prensa libre,
contrapoder legítimo, cuarto estado, el periodismo que alumbró Podemos lo sepultará pronto
–tenemos a Pedro Sánchez y a Alberto Garzón preparando los papeles para minorar
a Iglesias Turrión (y a la novia)-, nada hay más torpe que atacar a la prensa o
quizá sí: querellarse en los tribunales contra el adversario. Perro no come
perro. Tania se quedó más acá de las asambleas universitarias –entonces te
recitaban, de corrido, a Trotsky, te pasaban, a trasmano, los escritos de
Bakunin y veían en Pablo Iglesias un colaboracionista del general Primo de
Rivera, y se condolían con el despellejado Nin, y hasta se cuadraban al paso de
Enrique Líster- y se dedica, en una especie de vicariato, a resguardar al novio,
diácono de nadie sabe qué palabra política, pero diácono brillante, urraca que
roba de otros para crear su estilo, sólo que no es el humilde artificio de
Umbral, enriqueciéndose y enriqueciéndonos a todos-. De una biografía y estirpe
que le redime ya para siempre (los abuelos muertos a tiro sumarísimo de fusil)
me entristece de los novios la pobreza del discurso, su inanidad revolucionaria,
sus lecciones aplicadas con tanta pereza intelectual y su nula vocación
apostólica. Yo esperaba en Tania a la lady Macbteh de Dmitri Shostakóvich. Umbral la habría
jibarizado con alguna que otra mentira –blanca y de humor- a mayor gloria de la
mujer soviética.