sábado, 25 de julio de 2015

 

            ANTÉTITULO: PERFILES

            TÍTULO: Urkullu

            RAMÓN BELLO SERRANO

            Frente a Urkullu, Pedro Sánchez lo dijo, llamó "presos políticos" a los etarras y luego, como en un juego político, dijo haberse equivocado y rectificó. Lo más doloroso no es lo dicho ni el ánimo con que se dijo, lo más doloroso es que se dijo de propósito y con el ánimo de ganar poder. Urkullu esperó a Sánchez con la mano tendida -prefiere hablar con el socialista de autogobierno y de una España federal que abrazarse al locario de Mas: los vascos jamás fueron independentistas, Patria, Dios y fueros, hablan de corona a corona- y Sánchez aceptó el guiño. En su descargo hay una lectura histórica: hasta Aznar que fue víctima del terrorismo -algo que no le perdonaron jamás- habló del movimiento de liberación nacional vasco recién estrenada su presidencia del Gobierno, tutelada en los primeros meses por González y Juan Carlos. Pedro Sánchez airea sus poderes de juego y envite. Gobierna comunidades autónomas apoyándose en Pablo Iglesias y hace de esa necesidad virtud. Felipe VI lo está esperando como la regeneración de la política tradicional y Sánchez tiende puentes con los amigos que han modernizado, como en este caso, la Lehendakaritza. Para Urkullu el dolor de cabeza insoportable se llama Pablo Iglesias, un recién llegado, que se comporta como un leninista universitario: jamás alentará una España descentralizada (por cuanto lo que se pretende por Urkullu o Mas supone agraviar la igualdad de derechos de todos en beneficio de unos pocos) y habla (nos habla) con naturalidad de su carrera a Moncloa al tiempo que se entretiene purgando a los suyos. Urkullu es la burguesía que perdió la guerra (mayormente devorada, como vivió Orwell sobre el terreno, por los Iglesias de entonces) y no quiere permanecer aquietado -le recorre un frío violentísimo por la columna vertebral de su pueblo-. Abraza a Pedro Sánchez. Lo de los "presos políticos" es sólo un gesto de cortesía.  En fin, ya lo dijo el que mejor siempre lo dijo todo, "bien está todo lo que bien acaba, todavía, aunque el tiempo parezca adverso y los medios poco apropiados.

sábado, 18 de julio de 2015

POR FAVOR RUEGO ACUSE


ANTÉTITULO: PERFILES

            TÍTULO: Olivier Py

            RAMÓN BELLO SERRANO

            Olivier Py en el Festival de Avignon orla un escándalo puro y denso como un golpe seco en el estómago (no en las conciencias -de suyo más sufridas) interpretando El rey Lear. Hubo tres momentos en mi vida de lector que me cambiaron para siempre de forma primaria y pura. Siente uno como un temblor  y al reajustarse de nuevo, entero y calmo, ya siempre hay como réplicas que están ahí, no por recurrentes y familiares desasosiegan menos. Tres momentos. Primero fue Cervantes. Cervantes borra el disco y pone el contador a cero. El borrado es necesario (tanta lectura fatua y de fatuos) para un ejercicio de tan alta melancolía. En Cervantes hay perdón y compasión -quiero decir que Cervantes y su lector se compadecen para perdonarse de suyo- y esa virtud te concilia con un mundo poco conciliado.- Si el hombre duro se hace distinto ya para siempre al leer a Cervantes (se dulcifica gracias a la aceptación del perdón) un espumarajo de violencia innata acontece cuando Lear, tras mandar llamar a los señores de Francia y de Borgoña, dice (nos dice a sus hijas; aquí somos nosotros con Shakespeare, sus hijas y la avidez hecha llama) sí, nos dice: “Mientras, voy a revelar mi propósito secreto. / Dadme ese mapa”. En esa fatal decisión de decirlo todo (revelarlo todo -pues buena parte del todo es su propósito secreto) y procurar su reparto (Lear va a trocear su reino) Lear va a redimir con su gesto y sacrificio al hombre que despertó en los brazos religiosos de Cervantes. Pues si Cervantes gasta una ática moralidad Oliver Py, en Avignon, mostrando a un Lear brutal, lamina la interpretación piadosa y salvífica de Lear, para dejarnos el poso que contó su editor Samuel Johnson, tan conmocionado por la muerte de Cordelia que no pudo volver a leer las últimas escenas en muchos años. Lear tiene esto, una fiereza beligerante y de entraña, como de especie, compadecido (y compadeciéndose con nosotros) y perturbado por su error. Yo diría que un hombre es distinto tras haber leído a Lear. Pero faltaba un tercer estadio -que yo no busqué y ni siquiera intuí- que era San Pablo y su Epístola a los Romanos: el mundo entero.

             

 

Ramón Bello Serrano
ABOGADO (col. 2142)
MEDIADOR CIVIL Y MERCANTIL (3401569)
MEDIADOR SANITARIO
HABILITADO DEL TRIBUNAL ECLESIÁSTICO

Fax : 967 52 18 24 



viernes, 10 de julio de 2015

 

ANTETÍTULO: PERFILES

TÍTULO: Casillas

RAMÓN BELLO SERRANO

La gente se llamará a engaño. La salida del gran capitán es peor que injusta: es mala. Triunfó el veneno. El cochero portugués arruinó el señorío del club madrileño. Quedan pocos señores en el deporte. Un tipo que entrena al Castilla siente celos de Benítez. Cerró su carrera, el Otelo arriscado y ríspido, de villana frente deprimida, con un cabezazo infamante al futbolista Materazzi. Florentino abandera el homenaje al gran portero, pero el presidente consintió al gran cochero su arcillosa doblez, esa torcida y culpable boca sucia, que ha maquinado lo imposible por hundir y echarlo por la borda. Y lo ha logrado.  Oporto es la división miniada, será un suspiro en un pliegue de sonrisa, no es una catedral y sí una parroquia aseada. Sara podrá decirle como se dijo Troilo, nos vamos de Madrid, de nuestro Madrid, “dejándonos apenas un beso hambriento y único, desabrido con sal de rotas lágrimas”. El hombre, llamado a señorear la tierra, es por naturaleza ingrato. El hombre prefiere el mandato de la envidia. Dante lo escribió de manera insuperable y orló el castigo: el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer, yo sentiría lo mismo, placer distante y quizá no tan distinto, en coserle la mirada de Onán al portugués, mordido, como el del cabezazo, por el diablo de la envidia –según el cardenal Beasbal, famoso cazador de brujas, es Leviatán, el demonio de la envidia, agitándose en los mares que dominaba Enrique El Navegante sin haber pisado un barco, El Navegante, el más grande hombre de Oporto. Habrá aficionados que lloren el día de la gran mentira, el día que será, dirán, la gran fiesta de Casillas –lágrimas las habrá de todas clases, Shakespeare apuntó altísimo en un soneto (“…cuánta magia del demonio / oculta cada lágrima en su esfera”) para bajar, de un solo golpe (“…lavando las curiosas inscripciones / bordadas en la seda”)- cuando el portero, como el matador aprieta la tierra y la besa recogida del albero, se despida hablando en besos de una lengua rota.  El mal portugués lo sajó de un tajo. Ojalá levantes una copa nueva como una hostia incruenta frente al tiparraco del Chelsea.

sábado, 4 de julio de 2015

            TÍTULO: Francisco

            RAMÓN BELLO SERRANO

            Francisco I reconoce a Palestina. Los tiempos convulsos eluden los bizantinismos y la volatería de los teólogos relegados ha hecho decir a alguno de este Papa: en cada santo hay un hereje. El peronismo armó la república argentina entre lo bueno y lo malo y solícitamente emparejó a Evita con la Magdalena. El peronismo es un estado de ánimo o predisposición que va más allá de Perón, una manera de ser con la que se nace y que imprime carácter, algo que sólo entiende el argentino y que se difumina de tanto en cuanto por nuestro mundo continental. De manera asombrosa llegó al Vaticano con toda su fortaleza orgánica: Francisco promulgó Lumen fidei, redactada en su integridad por el otro Papa, mejor diríamos bajo su patrocinio y permanente aliento. Pero el asombro es menor por cuanto la disciplina del teólogo alemán se proyecta en la obediencia del jesuita argentino. El cristianismo antiguo y revolucionario de san Francisco tiene poco que ver con el reconocimiento palestino y los afanes cordiales para con los patriarcados. El día que Ratzinger temió por la Iglesia llamó al general y le dio acceso irrestricto con entrega de llaves –la renuncia es la potestad arrogantísima, sin aceptación-. Los defensores de Bergoglio son, irónicamente, los grandes colaboradores de la ortodoxia, llamados a la decencia de la disciplina. Temen los inquilinos de los grandes palacios y la pompa cede a favor de la circunstancia. Teme el mundo apetecible de la desobediencia y de las tentaciones. Pero la roca es hoy más roca: la obediencia no comete falta y en su caso al superior la imputa. Palestina ha dicho bien poco. La cortesía llega en un momento de cruzada –el horror islámico nació de lo que nació- y no está el patio para la pía alianza de civilizaciones. Francisco, de manera alegórica, se arrobó ante la Sábana Santa, tal y como el arzobispo Alberto, elector de Brandeburgo, exhibía un pedazo de la zarza ardiente y el maná traído del desierto. El desorden procuró “un hombre de mucho buen sentido y gran prudencia en las cuestiones prácticas” (DL) y hoy el mundo parece lo que el mundo pretende que sea y no lo que es: un generalato.