ANTETÍTULO: PERFILES
TÍTULO: Casillas
RAMÓN BELLO SERRANO
La gente se llamará a engaño. La salida del gran capitán es peor que injusta: es mala. Triunfó el veneno. El cochero portugués arruinó el señorío del club madrileño. Quedan pocos señores en el deporte. Un tipo que entrena al Castilla siente celos de Benítez. Cerró su carrera, el Otelo arriscado y ríspido, de villana frente deprimida, con un cabezazo infamante al futbolista Materazzi. Florentino abandera el homenaje al gran portero, pero el presidente consintió al gran cochero su arcillosa doblez, esa torcida y culpable boca sucia, que ha maquinado lo imposible por hundir y echarlo por la borda. Y lo ha logrado. Oporto es la división miniada, será un suspiro en un pliegue de sonrisa, no es una catedral y sí una parroquia aseada. Sara podrá decirle como se dijo Troilo, nos vamos de Madrid, de nuestro Madrid, “dejándonos apenas un beso hambriento y único, desabrido con sal de rotas lágrimas”. El hombre, llamado a señorear la tierra, es por naturaleza ingrato. El hombre prefiere el mandato de la envidia. Dante lo escribió de manera insuperable y orló el castigo: el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer, yo sentiría lo mismo, placer distante y quizá no tan distinto, en coserle la mirada de Onán al portugués, mordido, como el del cabezazo, por el diablo de la envidia –según el cardenal Beasbal, famoso cazador de brujas, es Leviatán, el demonio de la envidia, agitándose en los mares que dominaba Enrique El Navegante sin haber pisado un barco, El Navegante, el más grande hombre de Oporto. Habrá aficionados que lloren el día de la gran mentira, el día que será, dirán, la gran fiesta de Casillas –lágrimas las habrá de todas clases, Shakespeare apuntó altísimo en un soneto (“…cuánta magia del demonio / oculta cada lágrima en su esfera”) para bajar, de un solo golpe (“…lavando las curiosas inscripciones / bordadas en la seda”)- cuando el portero, como el matador aprieta la tierra y la besa recogida del albero, se despida hablando en besos de una lengua rota. El mal portugués lo sajó de un tajo. Ojalá levantes una copa nueva como una hostia incruenta frente al tiparraco del Chelsea.
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