TÍTULO: Francisco
RAMÓN BELLO SERRANO
Francisco I reconoce a Palestina. Los tiempos convulsos eluden los bizantinismos y la volatería de los teólogos relegados ha hecho decir a alguno de este Papa: en cada santo hay un hereje. El peronismo armó la república argentina entre lo bueno y lo malo y solícitamente emparejó a Evita con la Magdalena. El peronismo es un estado de ánimo o predisposición que va más allá de Perón, una manera de ser con la que se nace y que imprime carácter, algo que sólo entiende el argentino y que se difumina de tanto en cuanto por nuestro mundo continental. De manera asombrosa llegó al Vaticano con toda su fortaleza orgánica: Francisco promulgó Lumen fidei, redactada en su integridad por el otro Papa, mejor diríamos bajo su patrocinio y permanente aliento. Pero el asombro es menor por cuanto la disciplina del teólogo alemán se proyecta en la obediencia del jesuita argentino. El cristianismo antiguo y revolucionario de san Francisco tiene poco que ver con el reconocimiento palestino y los afanes cordiales para con los patriarcados. El día que Ratzinger temió por la Iglesia llamó al general y le dio acceso irrestricto con entrega de llaves –la renuncia es la potestad arrogantísima, sin aceptación-. Los defensores de Bergoglio son, irónicamente, los grandes colaboradores de la ortodoxia, llamados a la decencia de la disciplina. Temen los inquilinos de los grandes palacios y la pompa cede a favor de la circunstancia. Teme el mundo apetecible de la desobediencia y de las tentaciones. Pero la roca es hoy más roca: la obediencia no comete falta y en su caso al superior la imputa. Palestina ha dicho bien poco. La cortesía llega en un momento de cruzada –el horror islámico nació de lo que nació- y no está el patio para la pía alianza de civilizaciones. Francisco, de manera alegórica, se arrobó ante la Sábana Santa, tal y como el arzobispo Alberto, elector de Brandeburgo, exhibía un pedazo de la zarza ardiente y el maná traído del desierto. El desorden procuró “un hombre de mucho buen sentido y gran prudencia en las cuestiones prácticas” (DL) y hoy el mundo parece lo que el mundo pretende que sea y no lo que es: un generalato.
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