viernes, 12 de septiembre de 2014
ANTÉTITULO: PERFILES TÍTULO : Cristóbal Montoro RAMÓN BELLO SERRANO Entonces amagó la carta. Era la carta de Urías. Podía haber sido otra cosa. Carta blanca, de confirmación o privilegio, de estilo o crediticia, previa o de amparo, de hermandad o emplazamiento, de horro o naturaleza, lo que fuera, pero yo sabía que la carta (des)conocida de Pujol era la carta de Urías. Sabíamos. Creíamos. Creímos que el nacionalismo catalán era el moderantismo y que todo nuestro ejercicio de liberalidad era ejemplo colectivo y afanoso (nuestro y suyo) para frenar al otro, al otro ismo, entonces un oleaje de pistolas y de caras de Mondragón, caras que daban miedo. Cristóbal Montoro y su perfil de cabra herida, tantas veces preterido, hizo bien en atizarle al esguince del viejo. Tenemos y tuvimos siempre derecho. Nadie es que más que nadie. La ley es la ley. Todo desprecio es (fasc)ismo. De la opinión hay que salvar a Felipe González. Quizá el respiro sea decisorio para aserenar Cataluña. En España ya sólo hay dos políticos: Rajoy y González- que siempre lo ha sido de Estado.- Iglesias es la checa a la que Felipe ha comparado con la ultraderecha francesa o griega, también con el movimiento de Beppe Grillo –pero esta última mención es dolosa para remarcar la comparación primera.- Alfonso Guerra derramó desprecio encima del comisario Monedero, para quién todos somos amigos del sabotaje. Cayo Lara (ay) acaba de rendirse a Podemos tras perder(se) cientos de miles de votos. Su contribución a la política ha sido la de tutear a Juan Carlos, asistir a los plenos sin ducharse, y hundir a los últimos y decentes comunistas de España –el médico Llamazares debe estar gozando el plato frío.- Y entonces llegó Montoro. El ministro ha engordado y su perfil de cabrita herida –como su hablar a grititos- se transfiguró en la dureza del magistrado. Sabíamos. Creíamos. Yo sabía. Montoro llevaba una tormenta de cuentas andaluza, cartas avisadas, esquelas, concisas cartas y terminantes, un salivazo merecido a los que nos deslomaban –piensa Montoro- con la impunidad del señorito. En su cartera llevaba la carta verdadera y última: la carta del adúltero enviando a sus nacionales para orillar su conducta. La de Urías.
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