viernes, 20 de enero de 2017

Perfiles 21 enero de 2017

            ANTETITULO: PERFILES

            TÍTULO: Theresa May

            RAMÓN BELLO SERRANO

            La libra esterlina celebró al alza el anuncio. Egoísta y sin prejuicios Theresa May apuntala, junto al presidente Trump, el final de Occidente tal y como lo conocimos los hombres del siglo XX –seguimos siendo del mismo siglo, por vocación, religándonos hoy en la nostalgia- y ese final se aparece en una formidable coalición de necedades: desde la familia Le Pen al fortificado Putin –el ruso que se ha tomado el desquite.- ¿Qué garantía había para los defensores de Occidente? El capitalismo –dijeron muchos.- Pero no es la garantía material, sino la moral de un pueblo lo que constituye el crédito público. La moralidad era la unión económica y militar en una gavilla de directivas civiles. Las grandes palabras eran los grandes tratados: el de la Unión Europea y el pacto defensivo atlántico, la OTAN. Hemos vuelto al período de entreguerras, a la fortaleza alemana –hoy su rearme moral-, el espléndido aislamiento  del Reino Unido, una debilitada Francia y la Rusia renacida de Putin. Y más allá, la doctrina Monroe, cierto que enarbolada por un tipo con modales de cochero. Los magistrados alemanes rechazan ilegalizar a los neonazis (“ya no son un peligro para la democracia”) al tiempo que Mein kampf se alza a los primeros puestos de venta. Falta liderazgo político –se arguye- cuando en realidad falta liderazgo moral –y la política es una de las moralidades más altas- y existen pruebas irrecusables que así lo confirman todos los días. La primera ministra ha cambiado su aspecto caballar (un caballo pío) por un nuevo corte y peinado desde la navaja  de Ockham.  Ha pasado la hoja por toda aquella barba rara y sucia de una Europa unida que acabará con dos generaciones –sabemos que cada generación es de treinta y tres años, la vida de Cristo; Cristo es el prototipo de todo, dirá siempre Chateaubriand en sus celebradas Memorias de ultratumba.- La señora May gustosamente ha puesto un ataúd bajo su cama, tal y como hacía Benedicto XIV, pero no para su cuerpecito de golondrina, como el Papa, sino para asegurar el deceso de la Europa que detesta. La libra sirve de barniz o corladura a la copa que bebe la muy gastada dama en su isla libre de barbada.

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