viernes, 27 de noviembre de 2015
ANTÉTITULO: PERFILES TÍTULO: Hollande RAMÓN BELLO SERRANO Hollande acaba de erigirse en el líder del mundo libre. El mundo se presenta como lo que es, enemigo del alma, junto al demonio y la carne. Hollande era mundano, gozaba de dos mujeres al tiempo, remaneció a la madre de sus hijos con un ministerio y lo prodigaban las páginas del corazón. Los franceses lo soportaban como un deber y Europa lo conllevaba en tiempos mediados de liderazgo –tampoco era su culpa, Obama se quedó en discursos vacuos, sin musculatura, fue la primera gran decepción (la segunda habita en una residencia discreta de Ciudad del Vaticano) y le va a resultar, a Norteamérica, difícil aserenar su declive- hasta que Hollande, decía, se decidió a liderar la guerra. La guerra se lidera cuando se promete la victoria. La guerra se anuncia, de un solo golpe, adecuando la Constitución a los tiempos severos del terror (dando ejemplo al mundo libre) y, en general, la guerra pone a cada uno en su sitio –en sitio equívoco ha puesto a Pedro Sánchez, otra gran decepción (esta muy doméstica y de andar por casa)-. El detalle está en el labio inferior: era fácil observar, bajo el labio inferior, el rasgo común de la lucha, de la tensión nerviosa y de la emoción – escribía Tolstói de los rusos esperando al ejército napoleónico.- En el caminar de Hollande, cruzando los pasillos de Versalles, se observa, a primera vista, no es necesario un mirar detallado, el labio inferior tensionado, anuncio de que la guerra es asumida y que las banderas, coligadas o no, serán ya por siempre, en esta guerra, las de Francia. Calvo Sotelo le espetó al ya presidente Felipe González: cuestiona la OTAN, pacto defensivo, y olvida que los tratados de la Unión Europea obligan a una respuesta militar de los Estados más dura y severa que los del defensivo pacto. Recordará el gran patriota hoy aquella intervención brillante de Calvo Sotelo: Francia ha invocado precisamente ese articulado. La guerra. La tentación del mundo pudo con Hollande. El mundo parecía (y quizá lo sea) el cuerpo bien formado y el rostro categórico y hasta sereno del diablo en la pintura de Ary Scheffer. Hollande se ha sacudido la tentación. Deslumbran sus galones –escribió Rubén Amón para El País-.
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