viernes, 6 de noviembre de 2015

ANTÉTITULO: PERFILES

            TÍTULO: Antonio Machado

            RAMÓN BELLO SERRANO

            Pablo Iglesias obsequia a Mariano Rajoy con poemas de Antonio Machado. En realidad no hablamos de un regalo (sólo se da al otro lo que ya no es de uno) y sí de una descortesía pero, en todo caso, en asunto propio de personas de edad tiene poca importancia. Mariano y Pablo son dos viejos. Rajoy es ya el más antiguo de los gobernantes en activo y Pablo hace cosas como éstas –las de Machado- que hizo en su día Alfonso Guerra con su chaqueta de pana –Guerra, como todos los feos, ha ganado con la edad, y tiene mucho mejor cara que la de Iglesias, Iglesias y su colmillo hablador casi de sarro (qué raro, también Cayo y su diente ambarino)- hablándose hoy, Alfonso, en aquel su mudo idioma de San Jerónimo, jamás tildó a nadie de mentiroso, recurso fácil de aficionados poco leídos, parlamentarios de corto recorrido –al menos Sánchez es guapo, pese a que la esperanza socialista esté en San Telmo-, el recorrido, tan corto, tan irritante y lleno de chafarrinones del profesor que hoy parece cansado (Pablo lo niega) y a mí me parece sólo andar empantanado en una especie de pereza, que no la melancolía derrotada y derrotándose de don Antonio Machado. Poetas regalados –sonreirá el librero de Sevilla de antaño- como en un insulto vicario a través del ojo intonso de Machado, apenado, inflamándose (su pena) al contacto de otra nueva, no sé si el libro regalado (pero no es regalo) era libro anotado por el propio Pablo en una noche de abandono inicuo o de lamento crudelísimo, pero no llevó a Machado como Guerra lo llevaba en el alma, de manera indeleble, como un sacramento beligerante en los tiempos de la transición que Iglesias pretende anular –y esto es imposible, la huella es imborrable, de prosa claustral y veteada de plata- con su disonancia arrollada del cálculo leve e insoportable del predicador atascado al que empieza a notarse su mal humor en el pisar. Se regalaron metáforas gastadas, de viejo a viejo, desertando del lenguaje original, la dicción exuberante y la fortaleza estética –verdadero poder y autoridad, como ya viera Baudelaire- y quedar reducido todo a un diente montado sin imaginación, amarillo y lleno de sarro.

 

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