ANTÉTITULO: PERFILES
TÍTULO: Steiner
RAMÓN BELLO SERRANO
No nos quedan más comienzos –esa fue, en el café Varela, la inicial serenidad de leer a Steiner- aunque quizá el cansancio espiritual del siglo que acabó anuncie la vieja cronometría interior. Otra Navidad –en realidad es siempre la misma- se solapa –el mismo solapamiento- con la paradoja del hombre de ciencia: ¿qué hubo con antelación al nacimiento del universo? ¿Y cómo habría de ser esa medida no-temporal y su [no] cuantía? El inicio. La Palabra tiende (leía a Steiner arrimado a una terraza de estufa en la calle Preciados) à la eternidad dinámica del presente preñado en un sentido casi material del <<será>>. Cristo es un maestro oral. Su comienzo no es el nuestro pero nuestro comienzo siempre es suyo. Hubo un solo instante en que escribió en la arena de la playa –para deshacer la escritura que terminó de borrar el agua (nos acordamos de futuros que en realidad fueron) y los testigos de su escritura no dijeron nada del trazo o el rigor del pulso, o si lo escribió en griego para obviar el juego semántico y semítico. Como hubo un solo instante, el de las primeras tablas, en que Él escribió en hebreo. ¿Qué pasaba una hora antes del Big Bang –qué nombre tan pobre, René Char lo dijo así: le Grand Commenceur qué hacía? La creación es habla. Crear un ser es decirlo –y por ello sólo el Padre sabe el verdadero nombre de cada uno que Él dijo- y ese es un comienzo (el nuestro) de plena vivacidad moral –de ahí en ese querer volver al comienzo, progresando hacia atrás; de ahí, quizá, que la Navidad sea el milagro gratuito de la creación, el recuerdo perpetuo del primer comienzo-. Había ido al café Varela a preguntar por unos versos de mi padre –estaban enmarcados junto a otros versos premiados- que eran, al menos para mí, más que una alegoría: ¿cuáles fueron las primeras palabras, cómo comenzó la metáfora? El cansancio espiritual no es más que <<la atormentada búsqueda de los ritmos fonéticos y sintácticos>>. La matemática es elegante pero el error matemático no lo es. Sólo la certeza envejece. Habitamos el lenguaje y sus juegos. En la terraza otoñal del café Varela.
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