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De: Ramon BELLO SERRANO <belloserranoramon@gmail.com>
Fecha: 14 de diciembre de 2015, 17:08:40 CET
Para: Ramon BELLO SERRANO <belloserranoramon@gmail.com>, "ramonbelloserrano@yahoo.com" <ramonbelloserrano@yahoo.com>, "belloabogados@icloud.com" <belloabogados@icloud.com>
Asunto: perfiles 19 diciembre 2015
ANTETÍTULO: PERFILES
TÍTULO: Harold Bloom
RAMON BELLO SERRANO
Leer es un acto feroz. Los libros no deben prestarse y han de ser propios –o apropiados-. Leer es conjugar nuestra soledad y disponerla como un airón frente a la muerte. Harold Bloom, hablando de Shakespeare, dijo que leerle no nos hará mejores pero puede que nos enseñe a oírnos cuando hablamos con nosotros mismos –y en ese oírse hay una repleción del mundo- y si Borges frecuentaba su apotegma (<<escribo para mí, para mis amigos y para atenuar el curso del tiempo>>) distinto al de Gertrude Stein (uno escribe para sí mismo y para los desconocidos), Bloom define admirablemente y lima: uno lee para sí mismo y para los desconocidos; y en esa lectura, tan primitiva y feroz, hay una llamada a quienes nunca conocerás, pero quizá se procure un encuentro –ocurren y, en raras ocasiones, concurren- digno, de ahí la “dignidad estética” de Baudelaire, algo que va más allá de lo que creyó ser su sillería o capítulo: la modernidad. Siendo la lectura indelegable nada hay peor que conocer a los escritores que uno admira. Conocerlos significa, de suyo y al menos, siempre, alteridad personal –aunque lo sea levísima- y la soledad de la lectura, como de su beligerancia frente al escritor, decaerá y será rival para lo que verdaderamente importa: cómo hablar con nosotros mismos. Esta es la razón (o la más afilada) por la que los profesores de literatura son incapaces de escribir dos líneas de seguido y son capaces de conocer –gozosamente- y frecuentar a los grandes escritores vivos y ensayar (otra forma de conocimiento igual de aburrida) algún librito con los muertos. Los escritores forzados a escribir biografías de otros escritores escriben libros donde el biografiado es una excusa y lo citan de manera descuidada y como un estorbo. Sea por dinero (el Dante de Montanelli) o por auténtica necesidad (el Rancé de Chautebriand) el corazón del lector ha de estar pagado de soberbia –el “encuentro” con el otro, si es que lo hay, es ajeno al mundo de los salones- pues leyendo quizá procure el poderse oír casualmente. Lo contrario es ruido. Hasta en Bloom hay humo cuando cita inexplicablemente a nuestro retórico profesor. Tan pesado.
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