viernes, 30 de diciembre de 2016

ANTETITULO: PERFILES TÍTULO: Francesc Macià RAMÓN BELLO SERRANO La portavoz del Govern desconoce la grandeza de Maciá. Maciá fue un militar aguerrido que declinó la República Catalana a cambio del compromiso del Gobierno provisional de un estatuto de autonomía, naturalmente aprobado en cortes constituyentes. Ese fue el determinismo final de Maciá que Puigdemont desconoce –ni siquiera un instinto de curiosidad-. Todos estos nombres, hoy concluyentes en Macià, dirán bien poco a los jóvenes ágrafos que beben la historia directamente de los golletes largos y estrechos de las botellas –al menos ya no reivindican a Mas, convertido en simple garitero de la política catalana.- La señora Munté tiene un no sé qué de candoroso y de infantil, pasea el Pati dels Tarongers jaleando el concierto creciente de las medianías. Ernesto Giménez Caballero, el mejor de los fascistas españoles, se apropió del arrojo de Maciá –el arrojo era populismo- y le copió largos y edificantes discursos, comentarios y artículos, además de envidiar las visitas –frustradas- a Nikolái Bujarin. Para Munté todo lo que se escribe de esta manera es sólo vituperio. Hay faltas de memoria o mentiras que dan miedo. El independentismo catalán, distinto y distante al nacionalismo, carece de pasión y turba, de la disciplina férrea de Maciá, el hombre que invadió militarmente Cataluña desde Francia. Solo Junqueras se dirige decidido y ligero al pacto –lo esencial es hacer lo que se quiere hacer en el momento oportuno- insensible a las lágrimas del Partit Demòcrata Català: las lágrimas del último suspiro no redimen a nadie: sólo mojan el pecho y no caen sobre la conciencia. La portavoz, en fin, ha salido a dar la cara por el sedicioso concejal de la CUP –tiene razón Anna Gabriel (el cabello cortado al hacha, hachando el discurso al filo de la bestia) cuando culpa a los responsables de los Mossos de faltos de brío y coraje republicano- sin aliviar los padecimientos morales del Govern. Las lagartijas dicen que el buscarruidos de Mas pena por el silencio que le rodea como un poder desventrado y aburrido que pretende apropiarse de Maciá. Y Junqueras aprovecha el tiempo: con una mano derriba y con la otra edifica: el pacto nuevo.

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