viernes, 26 de diciembre de 2014
ANTÉTITULO: PERFILES TÍTULO: José Castro RAMÓN BELLO SERRANO Flacos favores los han sido. La gente no comparte los cordajes del discurso. El discurso de Horrach, del afilado Roca (afilado como el filo de un buen fajo) y hasta de la abogacía del Estado. Castro de un golpe (esperado) ha dispuesto el banco corrido de la procesada –quizá haya sido el único favor de toda la instrucción a doña Cristina: salir del celofán del afiladísimo Roca y del repostero Horrach –y así presentar las armas (de mujer) a favor del joven caballero (que no anciano) y de sus hijos, haciendo el levítico sacrificio de alzarse por encima del código en una palmera triunfante de amor-, y en ese banco empezará a madurar la simpatía del pueblo, siempre y cuando la soberbia deje paso al grand style, basta una anécdota para cambiar la polaridad de un afecto-. La gente. La gente elude la bruma (y la broma) y está deseosa de aceptar lo soportable. En realidad las rentas del dolor de doña Cristina (hoy ya un dolor inervado) deben hacerlo soportarlo a la larga –y aquí ayudó poco el héroe incorrupto al que pitaron luego en las calles de Palma- y obviar a las gentes de vitrina que la aconsejaron mal (quizá en la hora de las vacilaciones pudo, otro mejor consejo, doblar el pulso para beneficio de todos y del joven rey, su hermano, que no el anciano) y acabadas de dar las cartas, de una vez, propiciarle, a Cristina, el volver la vista hacia atrás (cosa que no ha hecho) y verás mejor, “hacia el mismo incipiente, ciego y trágico espíritu germinado en la oscuridad de las aguas y dominado por el tropismo”. Esta apreciación del ingeniero (Saúl ante Samuel- otro monarquismo) haría conjugable el deber de no rendirse ante el juez Castro (una teofanía de lo justo como valor religioso y moralidad pública) y redimirse a gente que va más allá de los patriotas de balcón. José Castro Aragón parece un vaquero sacado de una película de Pérez-Dulce, gasta voz como de ardientes aguas, el pecho al aire, de estilo guerrillero, ajeno al horizonte de los compromisos, memoria celosa que archiva y archiva, no defrauda ni engaña –frente a Horrach, escritos sin errores, sólo que hay verdad, la de Castro, puesto que hay errores, la verdad sin error no es de este mundo, quizá tampoco del otro- para lección del afilado Roca, putativo padre de la Constitución que a todos nos obligaba –y obliga- y que hoy asoma la frente del fin.
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