viernes, 2 de enero de 2015

​ANTÉTITULO: PERFILES ​TÍTULO: Letizia ​RAMÓN BELLO SERRANO ​Maniatada por su propia economía y pereza, Cristina de Borbón, en primera providencia, auxiliada por la mengua de su memoria, contempla a Letizia, Reina. La desmemoria ayuda a sobrellevar la calamidad presente (quizá así lo piense Cristina) y la inteligencia procura el apuntalar el reinado –concederá Letizia.- Aquella figura vencida y decreciente soporta (y eso es mucho) a diario la perfunctoria defensa, al tiempo que contradiría el común sentido no admitirlo – hay otra figura que lleva bajo el manto de mustela un antiguo memorial de agravios, y que aparta, con mano de Reina, acogiendo el alto y valiente discurso de Felipe VI-. Un discurso de futuro incierto –pero un discurso sostenido, entonado y enfático, donde se adivina la forma de las manos de Letizia, tan lábiles, pero hoy manos de Reina.- Pesa mucho la capitular (la R tan hierática y fricativa) de la Reina. Cristina mira. Mira como se mira en los museos: no mudaba de talante la Reina, ni siquiera se movía, tan sólo su escenario se desplazaba. Parece que una fenicia memoria archivó la causa: numerosas embajadas le instaron a la renuncia de sus derechos sucesorios (fueron peticiones del anciano caballero y de los consejos privados) para evitar lo que hoy es inevitable: el pueblo, los partidos y la opinión en contra, reproche doblado de reproche. La Reina, desplazándose el duque de Palma en aquél escenario móvil, escucha a Cristina (“no entiendo nada”) y anota (siempre el libro de memoria) aquella clase de nociva y filistea suficiencia. Ha sido todo un viaje –Un viaje de invierno, tituló el ingeniero- el de la Reina para verlo de vuelta, al príncipe, hoy Felipe VI. El perdón no debe confundirse con el olvido de la ofensa recibida. La renuncia de Cristina, aunque tardía, ganaría el perdón real –quizá sea ya tarde para el perdón popular, aunque podría hablarse, para Cristina, de un perdón parcial, condicionado y, naturalmente, solicitado, no será espontáneo.- El perdón servirá al perdonante (nos servirá) para apartar la distracción y el Rey, por sí y por las vicarias manos de la Reina, que han cuidado, en lo personal, las reveladoras heridas de la decepción, podría enervar esa claridad glauca del vacío, una vez renunciados los derechos de sucesión. No es indecoroso, ni busca lo suyo propio –el perdón. No se irrita, ni lleva cuentas del mal –el perdón. Cristina está en manos de la Reina en un sentimiento de piadoso hastío y de antipatía compasiva.

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