sábado, 17 de enero de 2015
ANTÉTITULO: PERFILES TÍTULO: Teresa Romero RAMÓN BELLO SERRANO Teresa Romero, en su ofensiva, pasado su tiempo de gestación (no sabía si derrotaría al ébola) debilitó su voluntad y degeneró su belicosidad. En su ofensiva, en el ardor, necesitaba reforzarse y no asumir culpa de su desgracia, y fue entonces cuando apareció la mentira y calumnió a la médico de familia: <<se lo dije todo; le dije que había estado en contacto con pacientes con ébola; y le mostré mi fiebre tal alta; y me dejó marchar, casi con una aspirina>>. El triunfo de Teresa, el deber de no rendirse, pasó por la hora secreta de las vacilaciones –esa hora donde a lo decisivo (la enfermedad incurable) se incorpora la punzada del qué pasará si saben que, sospechando del contagio, nada dije y además de peligrar mi vida la puse en juego, la de los otros, por mi silencio culpable- cuando se apuesta por la mentira.- San Agustín, que me acompaña hace un tiempo en la formidable teología de Ratzinger, en De mendacio clasificó en orden decreciente de gravedad la mentira. Así pues, se miente por: 1) convertir a alguien (y es gravísimo mentir en materia de fe); 2) hacer el mal sin motivo alguno; 3) disfrutar del engaño; 4) hacer un favor a alguien perjudicando a un tercero; 5) hacer un favor sin perjudicar a nadie; 6) animar la conversación; 7) salvar una vida; 8) evitar que alguien sufra un ultraje impuro (el caso de Lot y de los ángeles que hospedó). La mentira de Teresa es difícil, al menos ab initio, de calificar. No mintió para excitar o convertir a la ciencia o atenuar el pánico; no mintió por maldad y sin motivo (había motivo: no empañar su triunfo); tampoco lo hizo para disfrutar ni para animar la conversación (las entrevistas televisadas la dejaron en mal lugar, en evidencia y reticente); ni por salvar vidas –todo lo contrario, las puso en peligro, la de su médico en primer lugar-; y no era la del caso de Lot –incurrir en falta propia, tan leve, para aliviar la terrible de otros- Teresa mintió por terror e insuperable miedo: terror a morir injustamente (el infortunio, caprichosamente, la eligió) y miedo a no poder justificar su engaño que pudo llevar a toda España a una pandemia –lo ocultó, no lo sabía, pero pudo sospecharlo, prefirió ocultarlo.- La médico de familia demostró, tras su calvario, fortaleza y templanza. Y curó la herida desde la discreción y derrotando a la acrimonia de Teresa. Sin un mal gesto.
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