TÍTULO: Conchita Pérez
RAMÓN BELLO SERRANO
Antaño valía un juramento. Poner a Dios por testigo es palabra de mayor cuantía. La testifical siempre lo era del menesteroso, del iletrado y sin recursos, del hombre que apelaba a lo más sagrado. Era hombre comedido y temeroso –sobre todo era temeroso de Dios- y por ello su juramento, respetuoso para con la ley mosaica, era argumento a tener en cuenta –pero la cuenta era una entre otras, de ordinario la contaduría del poderoso acallaba el juramento- y siempre quedaría en la memoria el afán del hombre que juró para reivindicar su inocencia. Julián Lago inició en la televisión el polígrafo o máquina de la verdad y hoy una señora, Conchita, se dedica a fiscalizar a toda esa fauna televisiva que a mí me fascina. Conchita ha pasado de ser, a su pesar, de una cuenta más en las moralidades de Jorge Javier Vázquez, a ser la cuenta definitoria y definitiva. En la discoteca y a voz en grito injurió a Isabel Pantoja una señora sometida a la jungla de cables de Conchita que se limita a decir: “miente”. Y en otro momento , cuando una tercerista, recién llegada y carne de cañón, defendió que jamás había ofendido a un cantante y que juraba en contra de la máquina, gritó que “¡el polígono se equivoca!”, pero Conchita, muy serena, decidió rápida: “miente”. Hemos pasado del corazón y sus excesos al metal frío de la máquina. No hace mucho, cuando la gente juraba por cualquier motivo, les aplicaban una reconvención escolástica –a veces la aspereza escolástica, como una lluvia fría de preguntas y respuestas, ahorma el vicio del jurar en vano- y al reconvenirles se confirmaba la gravedad del acto de jurar. Los Reyes Católicos abrogaron las iglesias juraderas pero conservaron el juramento en los pleitos. Simple o promisorio o de malicia, el juramento ha perdido todo prestigio o consideración: hoy se discute el juramento del obispo sobre el Evangelio o el juramento del soldado sobre la espada. A estas cosas se les llama antigüedades y al juramentado se le mira con más detenimiento, a excepción del juramento amoroso: el juramento de un enamorado no tiene más fuerza que la palabra de un mozo de cervecería. La razón de Shakesperare es hoy la de Conchita.
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