ANTÉTITULO: PERFILES
TÍTULO: Ana Karenina
RAMÓN BELLO SERRANO
Ayer terminé a Tolstói. Lo cerré con La sonata a Kreutzer –al violín Anne-Sopfhie Mutter-. He pasado grandes momentos junto a Tolstói. He repasado la formación de Saint Hilare para Austerlitz y la batalla de Borodinó –en detalle la cartografía de David Chandler.- Me dejé llevar muy suelto por Guerra y Paz –luego comprendí, con sorpresa, que fue Kutùzov el personaje que más se asemejaba al Tolstói escritor: todo su operativo militar nacía de batallas secundarias sostenidas en el tiempo hasta la victoria final.- Harold Bloom se detuvo en Hadyi Murad -<<la excepción más grandiosa del último Tolstói>>- en la vívida individualidad de sus personajes secundarios. Si Kutùzov arma al escritor es el guerrero ávaro el que sostiene al hombre. Y cuando el escritor y guerrero siente el dolor espiritual, no lo es al modo del arrepentido Nejliúdov de Resurrección, lo es como el padre Serguéi y todo su peregrinaje a través de un cuento breve –Serguéi redime a los campesinos descreídos, pero también redime a Ivan Ilich y no será vana la muerte de Jolstomer, el caballo pío- que muestra al startsy Tolstói. Pero si tuviese que quedarme de manera egoísta (tal y como debe leerse a los grandes –y hasta a los pequeños- sin decir nada a nadie, como el cinéfilo que ocupa su asiento de manera singular y feroz) con un personaje de Tolstói lo sería Ana Karenina. Ana Karenina se sostiene en dos imágenes milagrosas desde el punto de vista del demiurgo. Acontecen en el capítulo 18 y 23 de la primera parte –en el 23 Vronski sabe, al mirar a Ana, que ya la ha doblegado- y en la estación de San Petesburgo que armará todo el andamiaje sutil, imperceptible por el equilibrio que yo no he visto en otra novela de nadie, cuando tras saberse que una mujer se había arrojado sobre el cadáver de su marido en las vías del tren (<<dicen que era el único que llevaba el pan a casa, que deja muchos hijos…¡qué horror!>>) Oblonnski, apretando el brazo de su hermana, sentada en el coche, vivamente le pregunta: <<¿-Qué tienes, Ana?>>. Y entonces me pareció comprender, de un solo golpe, todo el genio de Tolstói, cuando Ana responde al príncipe: <<-Es un presagio funesto>>.
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