viernes, 6 de mayo de 2016

ANTETÍTULO: PERFILES

TÍTULO: Eduardo Madina

RAMÓN BELLO SERRANO

El populismo domina el mundo. Resiste, como siempre, Inglaterra. El patriciado republicano asiste a la insólita nominación de Donald Trump –en Francia sigue arriba, en intención de voto, el Frente Nacional- que es un millonario que parece llevar una ensaimada en la cabeza, como el general de Chesterton que acabó por comerse el sombrero al perder una apuesta –Cuentos del arco largo-. Dos columnas soportan el peso de la civilización judeocristiana (una de ellas vive ya en el peronismo, que es una depuradísima manera o moralidad populista) que están minadas, como el bastón que sostenía a Salomón, y todo es arrumbe, lo viejo pervierte, llamándose nuevo. Tiene razón Llamazares. Iglesias dice que Llamazares es el pasado y Alberto Garzón el futuro. Llamazares no sabe (nosotros tampoco) cómo parar la revolución cultural de los profesores –a él, a Gaspar, le han dado una escoba, y los estudiantes le han puesto orejas de burro- y el patriotismo de Felipe González lo ha retomado Eduardo Madina publicando una requisitoria brillante que empieza así: “Vi las mejores mentes de mi generación…” y que termina forzosamente en contra del “sector altamente especializado en señalar todo lo que hicieron mal los arquitectos del escenario actual”. Pedro Sánchez acaba de confirmar a Madina en un puesto imposible, desoyendo à la presidenta andaluza –en esto acierta, Madina, tras el hundimiento, es su recambio en San Jerónimo, prepara el relevo, es incómodo y desprecia a Iglesias, al que niega estatura- y Sánchez se ha sentado (quizá no lo sabe) al pupitre y toma notas esforzadas –Llamazares está en una esquina, brazos en cruz, sufriendo castigos, está a dos minutos de ser purgado, acusado de ser casta-. Lo de Madina es una alegoría impotente del cuanto peor mejor. El pueblo quiere auténticos tribunos de la plebe –Augusto sólo ostentó esa precisa magistratura: el poder tribunicio y su veto para escarnio de republicanos- y el éxito de Trump, la marea sostenida del FPÖ en Austria o los palmetazos de Iglesias, merecerían, al menos, una reprensión de desudada aspereza por parte de la primera y antiquísima columna, que hoy vende peronismo. Y humo.

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