sábado, 30 de mayo de 2015
ANTETÍTULO: PERFILES TÍTULO: Mariano Rajoy RAMÓN BELLO SERRANO Todo es ocurrencia para Mariano Rajoy. Es su fetiche: “nada de ocurrencias”. Pero la ocurrencia lleva en sí algo de urgencia. Urgente y ocurrente ha sido Esperanza Aguirre en la estación de fin de término. Y ese mal o enfermedad ha prendido en el alcalde Trías deseoso de liderar un frente que evite a la ocurrente Colau gobernar Barcelona. Así que, de repente, cuando el movimiento de Aguirre suscitó mayores críticas, la casta se apunta al cordón sanitario: no dejar a Podemos acceder al poder .Tramposos y jugadores de ventaja, la noche electoral, era proemio de “un montón de fichas de nácar iridiscente que entre criselefantinos destellos avanza hasta el centro del tapete”. ¿Qué hay de malo en las ocurrentes Carmena y Colau para administrar las dos grandes capitales de España? ¿Son los españoles tan ocurrentes para desmerecer el voto (un hombre un voto; aquí no hay ocurrencia). En otro final de término está Cospedal, quizá más entera para un ministerio de consolación, todo hubiere sido distinto y distante, quizá, a la reunión célebre de Zapatero e Iglesias bajo el amparo de Bono –otra ocurrencia, se dijo entonces-, así que las ocurrencias brotan ahora desde el silencio. Los barones no aplaudieron a Rajoy su análisis tras el descalabro (el aplauso era lo reglado, parece que la ocurrencia lo fue el silencio) y el trasunto de buena parte de la izquierda se ha corporeizado en esa otra ocurrencia de Pablo Iglesias. El ser de la ocurrencia propicia resultados de grado y jamás de fuerza. Tenemos el alto ejemplo de Cayo Lara. Lara ha sido el hombre que ha cerrado con llave al histórico PCE y la militancia no le ha destituido –pero esto era ocurrencia mía-, quizá porque ya no quedan comunistas, todos eran viejos y la mayoría han muerto. Trías, el único que en un principio reconoció la derrota, “hemos perdido” –palabras inolvidables por lo raras y complejas que son en la política- ha recapacitado en brazos del derrotado perpetuo, Mas, que le ha reprochado su fácil ocurrencia de perder el buque insignia de la nación catalana. Y al final Rajoy. “Sordo, inflado, sibilino, reticente y despectivo, como un magistrado oriental”. Ramón Bello Serrano ABOGADO (col. 2142)
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